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31/07/10 | 15:25: Malena(mails que jamás serán leídos ) dice:
Buenísimo comparar tus desventuras con un partido de fútbol,para los que gustamos del mismo no has olvidado ni una sola de sus contingencias . Muy bueno ,esperando la próxima ¿el cura conocía a Sonia ? jajajaja MALE.-
31/07/10 | 13:25: María Eugenia (Alas de Mujer) dice:
Su singular Anecdotario siempre me causa mucha risa y ésta tampoco es la excepción, pero ¡pobrecito este personaje! parece que se las sabe a todas, pero hasta ahora... no pega una!!! jajajaaj. Saludos y gracias por su extraordinario sentido del humor (y la picardía)
24/07/10 | 01:20: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
¡Muy bueno Manu! cuanta cosa le pasan a este buen señor, tantas que ya deberias ir pensando en un libro, me encanto, te mando un beso
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Anecdotario VI



* El tiempo es relativo

 

A ver, recapitulemos

antes que pase a mayores

no hay algo que no cubrieran

mi Cora y sus prestaciones.

Lo que imagine, perdón,

lo que imaginé… ella hacía

y en algunos menesteres

ella era toda una experta.

Y ya que quedó pendiente,

antes de ir hacia otro tema,

lo de Rodrigo y Silvina

fue una desventura fea.

Ella, muy menuda y rubia,

típica mosquita muerta,

compañera de trabajo

y simpática a destajo.

Salimos un par de veces

hasta que rindió las naves

en su depto de soltera

y a la sombra de las velas.

Aquella primera noche,

(y admito ciertos prejuicios)

me sorprendió gratamente

su sensual malabarismo.

Era elástica, era incansable

Silvina en ciertos detalles,

chiches, sogas, lencería,

de todo como en botica.

Mas, nada es perfecto, mi amigo

y en la cúspide del clímax,

con los ojos bien cerrados,

“Rodrigo…” ella me decía.

No había forma… y lo intentamos

cambiar algo de ese algo,

jadeos, gemidos, aullidos,

todo volvía a “Rodrigo…!”

Así que imagine usted

lo mal que yo me sentía,

haciendo todo el esfuerzo

y de Rodrigo el recuerdo.

Así, con pena y sin gloria

culminé esa desventura,

que hay que aprender a perder

cuando la limosna es mucha...

 

 

Ya lo enuncia la Ley de Murphy, si algo va a salir mal, va a hacerlo en el momento menos oportuno.

Recuerdo sin mucha dificultad una noche aciaga de octubre de los noventa.

Mi natural facilidad para involucrarme con el sexo opuesto me llevó a una inestable y paralelísima relación con una señorita poco allegada a mi medio ambiente.

Muy de su casa, bonita, ojos grises, hacendosa y con un cuerpo forjado tras innumerables horas de piletón y tabla de lavar, despertaba mis instintos, básicos, tan bajos que había que ver lo que tardaban en subir desde el sótano. La cosa es que después de algunos inolvidables y furibundos encuentros en lugares por demás insólitos, siempre al borde de la ilegalidad por eso de las buenas costumbres y la urbanidad, llegó el día de su onomástico. Invitado cuasi oficialmente a su celebración y después de ensayar doce disculpas a cual mas ingeniosa y mas convincente ( al final, accedió a aceptar mi ausencia obligada ante la sorpresiva enfermedad de mi estimadísima tía tercera en grado de tentativa, con guardia hospitalaria yuxtapuesta al festejo de marras) intenté y logré al final reparar mi faltazo a la cena familiar con una muy oportuna invitación a un pub alejado y cálido, donde poder colmarla de arrumacos & mimos hasta hacerle pasar el fastidio y hacer el precompetitivo con clase antes de ir a otro lugar…

Puntual, pasé por ella ( después de cumplir con mis obligaciones anteriormente contraídas y generar el pretexto de ir a la cena de los jueves con los muchachos del taller en el club) a las doce o´clock y desde la vereda misma y previo bocinazo, esperé a que saliera sin bajarme del auto. Esquivé las miradas adustas y amenazantes de algunos integrantes masculinos de su familia y con los ojos de la señora madre clavados hasta los huesos en mi humanidad, rodé por las calles suburbanas llevando de acompañante a Magdalena, a quien en este caso voy a abstenerme de adjetivar.

Decía, con rumbo norte por la ruta nueva, pub en casona de arquitectura colonial español, mucha pared gruesa, mucha teja, mucha madera y ventanas con vidrio repartido. Frente al mar, Villajoyosa, un lugar discreto, cómodo, y sobre todo, alejado del mundanal ruido y de la multitud de ojos curiosos.

Llegamos. Magdalena miraba con ojos deslumbrados desde su metro sesenta y cinco, con ese cabello que apenas le caía por los hombros, esos enormes faroles grises y esas pestañas que arañaban mis mejillas en cada beso. Abracé sus escasos sesenta de cintura, reposé mi antebrazo en el comienzo de sus noventa y cinco de caderas y caminé con ella rumbo a la entrada.

Patovicas inmensos, portón doble de medio punto de madera hachada con herrajes de hierro negro, apenas más altos que los patovicas, pisos de cerámica cuadrada color ladrillo con junta abierta. Sillones de madera y cemento, cómodos y mullidos almohadones y respaldos y ese lugar junto al ventanal, apartado y tímidamente iluminado, escalera mecánica para mis bajos instintos.

Nos sentamos, vino el mozo y después de pasar un primer momento de zozobra ante la visión de lo escueto de la minifalda de Magdalena, tomo el pedido.                     

Un Destornillador para mi y una Bols sin hielo para la dama.

Charlamos y nos hicimos arrumacos varios, el detalle de los cuales es inconsistente para la causa.

Volvió el mozo y volvió y volvió hasta que con la mirada le dije: “Maestro, bueno… ya está…eh?” mientras posaba la palma abierta de mi mano sobre los muslos cruzados de Magdalena.

Era un lugar muy propicio para ciertos juegos amorosos y estaba en procura de eso cuando vi venir a alguien por el pasillo adyacente.

Cruzamos la mirada. Un aire conocido en nuestros gestos, él con su pata de palo y yo con mi parche en el ojo. Era un lugar muy propicio. Tácito acuerdo: “yo no te vi porque no puedo explicar que hago acá.”

Incómodo momento. Retomando, manos que viene y dedos que van, por el rabillo del ojo veo entrar a una despampanante dama de pronunciado escote, el cual me abstrae de seguir subiendo la mirada por su anatomía hasta bastante mas tarde, cuando el maitre les ofreció un sillón en el otro lado del salón, frente al camino que daba a la salida.

Sonia. La mejor amiga del secundario de mi futura ex.

Incomodidad in crescendo. Discreto lugar, pero contraindicado para un jueves por la noche en la ruta de los corsarios. Lo del tipo, manejable, que entre piratas no íbamos a ponernos a enseñar a hablar al loro del otro, pero con la damisela aquella… sería ingobernable.

No quería que me descubrieran en falta, pero tampoco quería que Magdalena averiguase la cruda realidad de mi “soltería”.

Calculé la hora. Si lo hacía bien, no habría necesidad de abandonar el sillón hasta digamos, pasados noventa minutos. Seguramente Sonia no tendría tantos temas para hablar con su marido y se levantaría y se iría, dejando expedito el camino de salida, seguramente podría mantener a Magda ocupada sin necesidad de apurar el próximo paso a un lugar mas acogedor. Así que “ bueno” me dije “ manos a la obra”.

Quince minutos tardé en sospechar que iba a ser harto difícil llegar al minuto noventa.

Treinta y ocho minutos después, yo seguía mi estrategia. Jugaba la ley del offside con Magda, hacía tiempo, hacía faltas tácticas lejos de las metas y hasta le daba coscorrones a los alcanzapelotas, todo por enfriar el juego.

Setenta y tres minutos habían pasado y mi situación era desesperada. Me aferraba al resultado con ahínco, implicando uñas y dientes, pateando todo fuerte y lejos. Pero Magda insistía, se me venía por los costados, atacaba con varias puntas, abría el juego y sobre todo, dominaba el terreno, no jugaba ni al achique ni cerraba nada atrás. El “tiqui tiqui” estaba haciendo estragos en mi anatómica estrategia.

Ochenta y ocho minutos. Ya le protestaba hasta los laterales. Apretaba dientes y rodillas, sacaba todo lo que me tiraba lo mas lejos posible. Pedía la hora, trataba de enfriar pero era absolutamente inútil, ella intuía cada jugada mía, apretaba las marcas, rotaba y estaba por todos lados, siempre libre, siempre desmarcada, lista para recibir.

Minuto noventa. Intuí que estaba a punto de pedirme que la llevase a otro sitio mejor, al tiempo que insistía en mostrarme el conjunto que estrenaba esa singular noche. Estaba ya por resignarme a perder el desigual y caliente match cuando vi que Sonia se ponía de pie y de la mano de su sacrosanto marido se dirigía a la salida.

Contuve la respiración, apreté los párpados, expelí con fuerza y volví a llenar mis pulmones de oxígeno. Tenía la sensación de que una botella de champagne estaba a punto de descorcharse.

Magda me miraba, incrédula, sorprendida por mi actitud. La miré a los ojos con mis ojos enrojecidos y le pregunté, con un hilo de voz, si quería ir a un sitio mas acogedor, pero con alguna falta de ortografía en mi urgencia entrecortada.

 

 

“Hace una hora que quería ir…!!!... ahora, nada… llevame a casa que me tengo que levantar temprano…”

 

Ya lo sostuvo Einstein: “El tiempo es relativo”

 

“Noooo…” –dije- “no me podés hacer esto…” – mientras apretaba las rodillas.

 

“¿Que no…? ¿Qué no puedo…? Vas a ver…”

 

 

 

“Entre tu y yo, la soledad…

y un manojillo de escarcha…”

cantaba Serrat en la radio,

mientras volvía solo a casa.

Magdalena…

Siempre la recuerdo,

un cálido recuerdo el de ella.

Nunca le dije la verdad,

pero no tardó en descubrirla.

 

¿Sonia? Dijo el prelado,

¿Villajoyosa? Como un mantra.

¿Sonia L. la que decía ser soltera?

¿Morena, noventa sesenta noventa?

 

 

¿De que hablas, Willy…? Le espeté.

 

(continuará)                      


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31/07/10 | 15:25: Malena(mails que jamás serán leídos ) dice:
Buenísimo comparar tus desventuras con un partido de fútbol,para los que gustamos del mismo no has olvidado ni una sola de sus contingencias . Muy bueno ,esperando la próxima ¿el cura conocía a Sonia ? jajajaja MALE.-
malena271@hotmail.com
 
31/07/10 | 13:25: María Eugenia (Alas de Mujer) dice:
Su singular Anecdotario siempre me causa mucha risa y ésta tampoco es la excepción, pero ¡pobrecito este personaje! parece que se las sabe a todas, pero hasta ahora... no pega una!!! jajajaaj. Saludos y gracias por su extraordinario sentido del humor (y la picardía)
merodriguez7@yahoo.com.ar
 
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